Doddy

Es bastante loco cuando finalmente llega esa muerte que uno sabe podría llegar en cualquier momento. Mi abuela Doddy, se murió ayer domingo al mediodía, en el geriátrico donde vivía, a los 94 o algo así. No lo sé bien, porque siempre ella generó una controversia alrededor de su fecha exacta de aparición en el mundo, incluyendo según cuenta la mitología familiar, alguna alteración de partida de nacimiento.
Doddy, nacida Haydeé Casas fue una mina que siempre supo como llamar la atención. Y también fue alguien que nunca hizo lo que se esperaba de ella. Una bomba de piel aceitunada, ojos y cabello negro, la menor de las tres hijas de Don Sandalio Florencio Casas, un desafortunado ex terrateniente jugador que en su segundo matrimonio le tocó ser de clase media, y que bautizó informalmente a su hija menor como la tal Doddy de una novela.
Mi abuela conoció a mi abuelo Félix "Falucho" Ingercher de adolescente ("Nos encontramos en una farmacia: él fue a sacarse un dolor de cabeza y se llevó el dolor de cabeza más grande de su vida") y lo enamoró al punto de generar que él renunciara al judaísmo y se bautizara para casarse con ella, lo que le valió a Falucho, con quien me crucé en la tierra por sólo un año, un distanciamiento definitivo con su familia de origen, inmigrante rusa y de sólidas tradiciones asquenazíes .
Parece que igual mi Zeide Isaac Ingercher, a pesar de toda la controversia, aceptó conocer a la"goie" que le presentó su anteúltimo hijo de entre los once que tenía, y le dio su bendición personal al vínculo. La abuela Doddy siempre me lo recordó.
Doddy privilegió siempre ser una mujer antes que una madre, o una abuela. Es decir, visto de otro modo, eligió ser el centro y el foco de su propia vida. Disfrutó ser de esas minas que despiertan pasiones, y hacen lío sin revolucionar, desde el lugar que la sociedad le otorgaba a su género. No le interesó competir con los hombres, porque disfrutaba del poder que se les reservaba a las mujeres bellas, y agudas de pensamiento y palabra. Siempre tuvo amigos. Amigas, muy pocas.
No tuvo una carrera pujante en lo formal: se casó muy joven, y fue madre de dos antes de los 17... pero fue importante en su vida su incursión en el mundo de la música y la moda. Fue actriz de teatro vocacional, modelo, y cantante de tangos por cierto tiempo. Dueña de una voz de soprano dramática y un talento natural para interpretar personajes e historias, a pesar de no haber estudiado música, su estilo alla Libertad Lamarque le permitió llegar a ser cantante estable de la orquesta de Leopoldo Federico en Radio Belgrano... aunque no, cruzar el límite que su esposo no le permitía flanquear: nada de giras. Ese punto, y al parecer un episodio poco amable con un General enamorado que intentó llegar más allá de lo que la civilidad permitía, llevó a que su incipiente carrera se convirtiera en una caja de discos con grabaciones de ensayos y emisiones en vivo guardados en un estante. Y un puñado de historias que fueron subiendo en tono a medida fui creciendo, donde siempre igual dejó en claro que fue ella la que eligió no seguir porque se había aburrido.
Enviudó con cincuenta y algo. Yo la conocí como una mina independiente en un punto y tremendamente dependiente a la vez, glamorosa a la que se la iba a visitar, antes que ser ella una figura que apareciera en casa por motu propio. Eso. Se la iba a visitar, o se la iba a buscar en auto y llegaba luciendo alguna joya, o un atuendo particular, o algo nuevo para mostrarnos. Siempre habló de sus muchos pretendientes, y hasta tuvo un par de amigos especiales... pero ninguno que valiera lo suficiente como para dejar su libertad a toda prueba. Vivía en un barrio que amaba, y hacía mella: todos la conocían y la llamaban por su nombre en la zona de Plaza Italia.
Su desempeño como madre, no lo viví en carne propia, pero sé por lo que contó mi viejo que distó mucho de ser una de las abnegadas. Y como abuela, fue relevante recién cuando llegué a la adolescencia. Los chicos nunca le parecieron interesantes "porque no son gente con la cual se pueda conversar de temas de adultos (sic)". Un hito que marcó mi primer acercamiento con ella fue mi día del estudiante en primer año de la secundaria: cuando nos atacó la clásica lluvia del 21 de septiembre, y con hordas de pendejos dando vueltas buscando refugio por toda la zona, cuando la llamé sin aviso previo ella ya me estaba esperando a mí y a mi grupo, con cerveza, aperitivos y música. Ahí pasé a ser un nieto con el cual relacionarse.
Mi abuela Doddy. Una especie de Joan Collins vernácula en Dinastía sin la guita, pero que armaba, digitaba y desarmaba entramados sociales y familiares; una persona llena de color, bastante jodida aunque muy entretenida para los tête à tête, y que requería una gran energía por parte de su entorno. Timbera y tramposa, me enseñó mus, tute cabrero, bridge, canasta y siempre me ganó a todo. Siempre. Ya más de grande, empezó a restringirse sólo a la generala y al Scrabble. Su relación con su empleada eterna me causaba tremenda gracia: las dos solas todo el día conversando y compartiendo, y sin embargo a la hora de comer, Doddy lo hacía en el comedor, mientras Elvira sola en la cocina, a 2 metros de distancia.
Doddy fue otra de las figuras con la que más fácil me fue salir del closet: cuando le conté que estaba de novio con un chico (claro que se lo conté yo, a ella nunca jamás se le habría ocurrido preguntarme nada respecto a mi vida personal)... su respuesta fue "Ay, Pablito, por favor, mi amor... Me decís que recién te das cuenta ahora? Yo ya sabía desde que tenías cinco".
No tengo mucho más para decir hoy de ella. Ya aprendí a extrañarla desde hace cuatro años, un año tras la muerte de mi viejo -que era su esclavo y salvaguarda- y mi tío, dueño del departamento donde ella vivió por 30 años, decidió que no le era posible afrontar la inversión que implicaba mantenerla atendida en su propio hogar y la mudó a un geriátrico sin consensuarlo... bah, logró mudar a su cuerpo nomás: la mente lúcida y no siempre bienintencionada de Doddy, su lengua karateka y su memoria de serpiente se escaparon por la ventana del 9no E de Thames 2474 la noche que la invitaron sin invitarla, en camisón, a subirse a un auto y no volver más. Para cuando me enteré de que eso había ocurrido y comencé a irla a visitar, la demencia senil se ocupó de hacerle más fácil la transición al espacio que la contuvo. Un coqueto living beige, rodeado de señoras calladas también beiges, y sin espejos por suerte, donde duró mucho más de lo que habríamos creído. Hasta hace poco igual me reconocía, salvo cuando creía que era un pretendiente y me mostraba los tobillos de forma poco disimulada, en algún momento tiraba mi nombre, o eso me parecía reconocer en su balbuceo apenas audible.
Su única herencia física es un cuadro hermoso (obviamente un retrato) que me legó tiempo atrás, cuando descubrió que era el único de sus nietos a quien le interesaría tenerlo y evitaría que su particular estampa pase al olvido. Y porque ambos siempre supimos, tácitamente, que algo en su historia de diva frustrada, de drama queen, de matriarca desmatriarcada... pregnó en el más adepto a las historias y los personajes pintorescos de entre sus nietos. Y sí. A pesar de todo, y sin haberla elegido, me gustó que me toque una abuela fuera de lo común, una mina que no se haya comido la historia de tener que ser buena y portarse como le dijeron que debería haberse portado.
Alguien que siempre, y mientras pudo, hizo simplemente lo que quiso.











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