Racconto B.
Partamos de la base de que toda relación como hecho en sí, único y abarcable, es una mentira absoluta (Siempre viene bien romper con algún mito antes de contar una idea). Existe, como en el triángulo peirciano, una cadena semiológica que genera infinitud de puntos de vista tanto o más certeros y reales que el rótulo que suele ponerse; cosas que están en lugar de otras para ser interpretadas una y otra y otra vez. Por ejemplo, a mis veinte recién cumplidos yo estaba seguro de estar por primera vez enamorado de alguien de mi mismo sexo, B., y también estaba igual de seguro de que B., aunque se hiciese el duro, en realidad tenía algo especial para conmigo. En mi conjunto de percepciones atormentadas por exceso de testosterona mal aprovechada, yo no era solamente para él el pibe straight del grupo de putos y tortas amigos que se había agarrado en el novedoso túnel del megaboliche AMK por diversión alguna vez aislada. No, B. no sólo no estaba enamorado de su novio (igual de lindo, igual de ...